Decía Montaigne que “un buen matrimonio sería el de una mujer ciega con un marido sordo”.

Hay hombres incapaces de sostener una relación amorosa duradera y firme. En la generalidad de los casos, buscan todos los periquitos habidos y por haber por lo que terminan rompiendo la relación.

gsdyg infidelidad Susana Wise

 

Muchas veces se trata de hombres cuya vida laboral y social gira alrededor del éxito, sin embargo, son incapaces de establecer una relación duradera por las exigencias requeridas. Ese temor a fracasar, a no casarse con la mujer ideal, en muchos casos, es lo que los hace flaquear; y por ver el árbol no pueden ver el bosque.

 

Esa extrema exigencia combinada con infidelidad suele ser el producto de una creencia errónea, con relación al amor; creen que existe el amor perfecto y que sólo se logra con la persona correcta. Estas personas piensan aéreamente, no aterrizan con respecto a la realidad de la relación de pareja.

Una buena relación se va puliendo, se va logrando, poniendo siempre cierto grado de determinación, de decisión, de sacrificio.

Si creemos que existe una persona a la medida de nuestras necesidades, nunca podremos afianzarnos en los compromisos afectivos que hemos asumido, porque todo el tiempo estaremos esperando algo mejor, y además, siempre habrá alguien que supere la actitud o el comportamiento de la persona con la que estamos tratando.

Decía Gibrán: “Los hombres incapaces de perdonar a las mujeres sus leves defectos, nunca conocerán sus grandes virtudes”.

Es importante saber ser flexibles y darse ciertas oportunidades, con lo cual estaremos abriendo la puerta que nos conducirá a lo que podría ser una exitosa empresa.

Hay personas muy pendientes a lo que más se acerque a lo ideal (físicamente atractiva, inteligente, cariñosa…), y en esta búsqueda pierden lo esencial. Las personas “normales” ofrecen más garantía. La gente “bien casada”, los contentos, están emparejados con gente común y corriente, calvos, arrugados, narizones, panzones. Sin embargo, esos son los que están ahí, dando el todo por el todo. No se puede amar una lista de ventajas y desventajas, sino la esencia. Eso tan especial que posee la persona que amamos y que nadie más lo tiene, al menos de igual manera o en la misma proporción. Amamos el olor, los gestos, los ojos, la expresión, la capacidad de entrega, la honestidad, la tranquilidad, los brazos, los abrazos, las sonrisas, las canas, las arrugas, la franqueza, la torpeza y cualquier otra cosa que se le antoje al corazón.

La costumbre no siempre cansa, a veces nos permite crear vínculos, condicionamientos cariñosos y predilecciones intransferibles.