El efecto de la evitación se da en todo acto que tratamos de esquivar, es decir, logramos desarrollar la virtud de atraer justamente lo que pretendemos evitar. Así, mientras sigamos diciendo “no quiero estar gorda”, nuestro cerebro obvia la palabra no y sólo asimila “quiero estar gorda”. La afirmación correcta sería: “soy una mujer flaca”, en presente.

Cualquier expectación, temor, convicción o simple sospecha de que las cosas serán de un modo negativo necesariamente atrae los resultados esperados. Esto puede venir tanto de personas ajenas como de nuestro interior.

Es increíble la cantidad de personas que malgastan la vida tratando de buscarle la parte negativa a todo lo que acontece a su alrededor, y esto, lógicamente, produce más acontecimientos negativos, hasta convertirnos en una máquina productora de problemas.

Y es que, en muchos casos, nuestra programación está tan cargada de pensamientos y afirmaciones negativas, las cuales se han ido acumulando desde antes de nuestro nacimiento, que necesitamos de una u otra manera mantenernos activos, en disputa, generando más y más productos de igual calidad, para poder soportar la vida.

Es así como vemos personas que no soportan la tranquilidad, la paz; que necesitan mantenerse en lugares de trabajo donde reine la discordia; en relaciones de amistad donde siempre exista la traición y el chisme; en relaciones de pareja disfuncionales, las cuales mientras más tortuosas, resultan más interesantes, y mucho mejor si es con alguien que ya tiene pareja, para formar un triángulo.

Un vaso de agua a la mitad, podemos verlo medio lleno o medio vacío; seguirá siempre siendo el mismo vaso, lo que cambia es la perspectiva del espectador.

Y nos puede suceder como a aquel campesino asustadizo a quien mandaron a llevar un ataúd para un muerto, y al pasar a medianoche por un bosque vio la sombra del difunto que se le aparecía y le hacía señas de que no siguiera el camino. Quiso devolverse, pero el muerto se apareció por el otro lado haciéndole señas y lo detuvo. Allí estuvo de pie, temblando de miedo hasta el amanecer viendo con horror cómo la sombra del difunto lo amenazaba. Hasta que al aparecer las primeras luces del alba vio que las sombras que se movían no eran las del muerto sino unas hojas muy grandes movidas por el viento. Así nos sucede muchas veces a nosotros: agrandamos los problemas, y de simples hojas movidas por el viento, formamos monstruos horribles en nuestra imaginación y empezamos a atormentarnos con el miedo y la preocupación. Y es que definitivamente, amargarse la vida es un arte.