El poder compartir perspectivas, expresar sentimientos adecuadamente, relacionar esos sentimientos con lo que sucede en el entorno familiar, es lo que convierte a una familia en un medio de apoyo para el niño.

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Cuando los progenitores son capaces de manejar situaciones de manera adecuada, cuando a pesar de estar sobrecargados de todo lo que hoy  en día nos vemos obligados a enfrentar, ayudan a sus hijos a resolver problemas más que a juzgar o exigir o dar en demasía sin permitirles la oportunidad de tomar decisiones, es muy probable que se le esté dando la oportunidad de que este niño desarrolle un sentido de la responsabilidad y de amor adecuado.

Para que esto se haga realidad es necesario llevar a cabo cosas relativamente pequeñas y hasta cierto punto triviales, pero que realizadas de manera constante y persistente, durante cierto número de años, surten el efecto deseado. Y es que creemos que evocando letanías, dando sermones o castigando, como un medio de calmar la culpa que nos produce el no cumplir con nuestro deber de padres, vamos a educar a nuestros hijos.

Los progenitores debemos evitar por todos los medios ser “emocionalmente secuestrados”, es decir, en ocasiones nos vemos tan abrumados por los sentimientos  intensos que actuamos por impulso, sin reflexionar. Se deben tener claros los valores y las reglas más importantes para la familia. Resulta demasiado fácil, en esta era de la sobrecarga de información, el distraerse y concentrarse en lo trivial.

Como padres debemos proponernos ayudar a nuestros hijos a crecer para ser socialmente aptos y emocionalmente saludables. Las reglas familiares, la búsqueda de momentos para la discusión y resolución de problemas  familiares y un espíritu general de buena voluntad y cooperación sitúan al niño en una senda constructiva y positiva.